LA INCREÍBLE HISTORIA DEL OBRADOR DE BIZCOLETAS

Esta vez, ¡sí!. Sí que he viajado. Un puente con viaje realizado en vez de soñado. Viajamos oyendo a La Shica, a Macaco, a Bebe, a Chambao,… con lluvia en busca del sol. Si lo encontramos, bien; y si no, ¡da igual!. -¡Qué llueva, que llueva!-, porque gracias a esas lluvias primaverales, el paisaje que vamos encontrando tiene un verdor explosivo, salpicado de florecillas silvestres en las cunetas. Claro que también alguna Capitana suelta sale a saludarnos por la carretera del Bajo Aragón, corretea veloz y… ¡desaparece!.

Miro las amapolas cimbrearse, tan frágiles, tan rojas, mezcladas con margaritas, retamas y lilas. Con su estallido de color, evocan infancia: jugar al “me quiere, no me quiere”, a cocinar los “quesitos” de la lilas, a pintarnos los labios con el rubor de los ababoles. Hacer ramitos de flores como Topo Giggo y llevárselos en prendadera a  nuestro imaginario amor.

Me detengo en las amapolas porque en “Film and Food” nos han retado a hacer una golosina siguiendo la historia de “Charlie y la fábrica de Chocolate” y, como siempre que la propuesta es dulce, me bloqueo. Pero, extrañamente, encuentro algo en las amapolas. Parece sacarme de esa parálisis. Noto el cosquilleo. Siento una pequeña fuerza motivadora creciendo. En un alto en el camino, me agacho para escuchar a una tersa amapola que me lanza un quejido. Se lamenta de su debilidad, me cuenta bajito como tiembla con cada movimiento del aire que provocamos con nuestros coches. Me explica el dolor al ver a algunas de sus congéneres aplastadas por las ruedas de algún inestable con tendencia a irse a la derecha -¡qué males provoca esa querencia allá donde se presenta!- Me suplica que le salve a ella. Le respondo que me gustaría pero que es imposible. Sé que las flores del campo no quieren maceta y que mi amor sólo provocaría su destrucción. Moriría en la guantera de mi coche en vez de bajo las ruedas. Sería su muerte igualmente. Mi regazo no es protector. Hay amores que matan, ¡ya se sabe!, y éste es uno de ellos.

Como consuelo, le hago una foto. Le explico que es una manera de que su esencia se perpetúe, que hay cuadros e imágenes de campos de amapolas que han pasado a la historia, que reparten su belleza en libros y museos.

-No, no es suficiente- insiste con su aguda vocecilla – soy alegre y vital, no quiero estar encerrada en un lienzo de ésos, enmarcada y, mucho menos, sepultada bajo el peso de mil páginas precedentes a mi lámina, oliendo a polvo, aguantando el acoso de los ácaros. Eso debe ser otra forma de defunción. Un óbito atroz.

Con la presión de sus súplicas, mi ingenio se agudiza -los padres de infantes endiosados lo entenderán-. Encuentro una respuesta que creo que podrá satisfacerle. Le cuento la historia de un pequeño ababol que creció en el descuidado patio de un sabio repostero. Amontonaba tejas rotas, norias gastadas y hornos por reparar. Siempre estaba tan ocupado que nunca tenía tiempo para poner un poco de orden. Y las plantas vivaces se aprovechaban de ello creciendo sin límites, descontroladas -de nuevo, alguna familia sabrá de lo que hablo-. El trabajo se le acumulaba y, además, quería presentarse a un concurso de lamines que se había convocado para intentar sanar al pequeño príncipe del lugar -¡ya estoy harta de historias de princesas!-.

Cabizbajo como andaba, se topó con una amapola que asomaba entre las piedras y los hierbajos.

– Las amapolas les agradan a los niños- pensó- ¿y si intento cristalizarla y se la ofrezco al heredero pinchada en un palito para que pueda ir lamiéndola mientras juega?. Y así fue como el viejo pastelero ganó su trofeo (la historia se ha tragado su nombre y en qué consistió; ¡los premios alimentan el ego pero son así de volátiles!) y el resto ganamos… ¡la invención de las piruletas!. Y colorín, colorado…

Rebusco en mi bolso y saco una para demostrarle que no me lo invento, que miles de paladares se endulzan gracias a ellas. Se queda conforme: acabar siendo relamida, provocando placeres, llena de gozo a cualquiera.

Emprendo el viaje, sabiendo que al llegar haré, sin duda, unas piruletas. No de amapolas cristalizadas que, dada mi torpeza -aunque cristalizar flores sea tarea factible para otras manos más expertas- aún dista de estar a mi alcance. Descartada la idea, acabo elaborando   ¡BIZCOLETAS!. Y de dos clases: de crema de cacao -para los más dulceros- y de queso cremoso -para más salados-. La receta es sencilla:

Se desmenuza un bizcocho de anteayer, se le añade mantequilla atemperada y un poco de leche. Se reparte la masa en dos. En una parte, mezclamos con la crema de cacao, al gusto. En la otra, esparcimos el queso hasta lograr una masa moldeable. Una vez logrado, se toma una porción de la masa, se le da la forma deseada y se pincha en un palito (de madera en este caso aunque quedan mejor en un palo de plástico de lolly-pops) y se introduce en el congelador para que se endurezcan lo suficiente. Mientras hacemos las coberturas (de chocolate blanco, de negro, de chocolate coloreado, de glasa, de crema de mantequilla, … ) y seleccionamos los elementos decorativos (trozos de Lacasitos, regalices rojos, Peta Zetas, azúcar de colores, balines, …). 

Cuando sacamos las bizcoletas, según su forma las sumergimos en la pasta elegida (en chocolate negro el cuadrado para convertirlo en un dado, en chocolate negro sólo arriba para fabricarle un tupe a la carita de queso, etc.). Hay que tener tiento para que no gotee y que tenga un aspecto terso, uniforme. Dejamos que vuele la imaginación y esperamos a que seque (o volvemos a recurrir al congelador) para consumirlas. – Un truco por si se bambolean un poco, aplicar un poco de chocolate en la base entre el palito y la bizcoleta a modo de pegamento. No falla. Han quedado divertidas y ricas.

Para los poco lamineros, añado las piruletas saladas que sirvieron de entremeses navideños, extraídas del blog: cocina con poco. Encandilaron a todo el mundo, tanto en su versión queso-jamón, como en la de espinacas- salmón. Un triunfo. Incluso mayor que el obtenido hoy, justo es reconocerlo, tuvimos que repetirlas.

Y con esto y un bizcocho… ¡Feliz puente del Trabajo!.

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14 respuestas a LA INCREÍBLE HISTORIA DEL OBRADOR DE BIZCOLETAS

  1. makinay dijo:

    Siempre tan original, siempre tan explosiva, felicidades por tu originalidad a la hora de escribir una receta

  2. Soul Kitchen dijo:

    Qué chulas estas bizcoletas!!! 🙂 Seguro que hicieron las delicias de los más peques… y de algún mayor también! Llevo varias intentonas con este reto… a ver si a la tercera va la vencida y me sale lo que quiero hacer, si no, tendré que cambiar de receta! 😉 Besets!!! Raquel

    • Liacice dijo:

      Ánimo!. Seguro que te sale algo estupendo (yo he intentado hacer tu bizcocho dentro de las cáscaras de huevos y…¡mejor ni te cuento!). Ah!. Y ya te habrás dado cuenta que me he equivocado en la fecha. No era a finales de abril cuando había que publicarlo sino en mayo…¡me veo inventándome otro lamín!. Espero llegar a tiempo al tema fiambre en Tweeter, lo dejé programadao pero no acierto con eso…Un beso

  3. lakittywoo dijo:

    Cuando seas mayor, serás una poderosa mamá -osa muy sabia, Cecilia, tú sabes hacer mucha magia.
    ¿Te cuento algo divertido?
    La Mari, al principio, antes de venderse vilmente a la industria de los codiciosos, vivivía aquí al lado de mi casa, literalmente al doblar la esquina, y me la encontraba muchas veces sacando a nuestras respectivas perras por la playa o por el barrio. Un día volvía yo de trabajar en verano, o en primavera, no recuerdo, lo único que sé es que tenía la ventanilla del coche bajada e iba con la música a todo volumen. Era el segundo disco de Chambao, y yo iba cantando a grito pelado. A grito pelado, también, con la ventanilla abajo, también, mientras aparcaba. Y cuando lo hice y cerré la puerta con llave, segundos más tarde, me la encuentro que bajaba paseando por la calle. Tuvo que oírme berrear su canción seguro, seguro.
    La tierra debió tragarme en aquel momento.

    • Liacice dijo:

      Preciosa anécdota. Entiendo que debiste pasar apuro pero, al contarlo, resulta divertida. Ya soy mayor y de mamá-osa/osa sólo tengo el vello, je, je. (Y en mis épocas descontroladas, el tamaño, ay!). Me alegro que la tierra no te tragase y que puedas boquear o subirte a los tejados. Salimos ganando. Un beso

  4. Espinarota dijo:

    Guaaaaau. Me quedo con las bizcoletas de chocolate. Me quedo con los males que provocan las tendencias a la derecha. Gran frase en vísperas de un gran día. Yo no pude coger carretera pero callejeé largo y tendido por el Gòtic de nuestra BCN con Ella y fue un sucedáneo fabuloso.

    • Liacice dijo:

      ¡GUUUUaaaaaaUUUU!. Si yo viviese en Barna me hartaría de callejear, eso ya es una forma de disfrutar los días libre. Me encanta esa ciudad. Siempre que puedo escaparme, me lanzo a abusar de la hospitalidad de las amistades que me acogen en Sants y disfruto como una niña. Como bien dices, es un sucedáneo perfecto. Gracias por leerme y destacar una parte. Ésa parte, además

  5. Elysa dijo:

    ¡Qué peligro tiene esta entrada! Con lo golosa que soy y son en casa. Está pasando por detrás de mí y observando las fotos y preguntando si voy a prepararle algo así… ¿Ves? Un peligro. jajaja.

    Besitos

    PD: Gracias por acordarte e informarme del nombre del queso de Senegal.

  6. blogssipgirl dijo:

    Justo hice hace 2semanas las bizcoletas y sí, todo un éxito! De hecho este sábado repito! Saludos S.

    • Liacice dijo:

      ¡Parece mentira lo bien que quedan con lo fáciles que son, así, sin necesidad de encender ni el horno (salvo que hagas el bizcocho previamente, claro). Yo repetiré, seguro, pero me gustan más cuanto más sencillas, las qeu lelvan cobertura me empalagan. Me pasa igual con las galletas decoradas, las cupcakes y las tartas americanas que están ahora tan de moda: no puedo con la pasta. Me gustan como manualidad, para verlas, regalarlas, etc. pero para comer, no. Un saludo

  7. juliana dijo:

    te quedaron realmente preciosas! las dos versiones fantasticas, al igual q el post!

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