SOPA DE GUISANTES. SOPA DE GUISANTES

Cada día de los que logro vencer la pereza, cumplo con mi obligación, me calzo las bambas y la mochila  y … ¡me voy a la piscina a darle brazadas al agua!. La finalidad no es otra sino la de intentar mantener a raya los kilos y compensar los excesos de las mesas. ¡Qué duro me resulta, la mayoría de las veces, porque  no lo hago por verdadera pasión!. Nunca he andado sobrada de afán deportista así que siempre es un ejercicio de voluntad!. Y…¡me falla tantas veces!. Este año, sin ir más lejos, estoy faltando más que una escopeta feriada.

– ¿Dónde se compra la voluntad?, ¿para cuándo un avance científico, digno del siglo XXI, consistente en tomar una pildorita que te aporte una arroba de  tesón?- grito cada mañana al pensar en el menú espartano que debería seguir y en las tentaciones que se me vienen encima.

Para animarme, camino a la piscina, voy pensando en las placenteras sensaciones que conllevará el esfuerzo:  en cómo el frío pegado a la piel se tornará en intenso sofoco, no sin antes -justo antes de desaparecer del todo- un millón de calambres recorrerán cada poro y mis pezones parecerán querer despegarse de mi cuerpo, en cómo toda la tensión del día, se ahogará en ese caldo tibio y bajo los chorros potentes del agua, cada músculo se relajara dando paso a una lasitud cercana a la orgásmica y, esa noche, dormiré. No sé si de tirón, pero dormiré. Y, gracias a esos pensamientos, me fuerzo a seguir sin entretenerme en escaparates tentadores o en conversación capacera que ¡basta un ligero despiste para que mis pasos se desencaminen!. Y, menos mal, porque de regreso a casa, voy feliz, satisfecha conmigo misma, conforme con la vida.

Pese a ello, mientras me cambio en los vestuarios, mi demonio interno no deja de preguntarse el porqué no adelgazará leer,  jugar al dominó o al parchís, que son actividades que me pegan más, más acordes con mi naturaleza perezosa. Y, mientras sentada en el borde, meto los pies en el agua, no cesa de reírse de la imagen que le devuelven las anónimas cabezas, cómicamente apretujadas bajo esos gorros de látex, que por imperativo enfundamos y nos igualan, ridiculizándonos, nos hacen parecer guisantes en ebullición, moviéndonos impulsadas por el calor de la música y la energía de la dictadora que -bien mona y seca desde fuera – nos marca el ritmo y la coreografía igual que la inducción marca el son del cocido y hace saltar a los arvejos, como si estuviesen tan felices como lo estaré yo después. – SOPA DE GUISANTES. SOPA DE GUISANTES-. Uso esas palabras como una letanía, como un divertido mantra, cada día, dos, tres veces, las que hagan falta para tomar impulso  y …¡me zambullo!.

-SOPA DE GUISANTES. SOPA DE GUISANTES-. ¡Y eso que nunca había probado sopa semejante ni conozco a nadie que la cocine!. ¿Tal vez la leyese en algún relato?. Quiero adjudicársela a “La ladrona de libros”, al triste y pobre mejunge que cocinaba como sustento, Rosa,  la madre de la protagonista -“la peor cocinera de sopa de guisantes”- en esa dura Alemania,  pero no estoy segura de que sea esa la razón. – Que no hay cabeza buena, en estos tiempos, y la mía… ¡vaya a usted a saber porque cerros  se despeña que hace mucho que leí la novela!-.

-SOPA DE GUISANTES. SOPA DE GUISANTES-.                    Así llevaba varias sesiones  hasta que, esta semana, al ver en “La Cebollada”, unos estupendos guisantes naturales, me decidí a comprarlos y a buscar la receta.                       ¡No podría ser invención mía!. No tengo tanto ingenio. Tenía que existir…       Y ¡así fue!: un aluvión de entradas sobre esa sopa holandesa me esperaban: Erwten soep, sopa de guisantes pelados, una de las especialidades más típicas del país de los tulipanes y los corazones errantes. En origen era una comida de marinos, que se nutrían gracias al calor de las verduras porque, además de guisantes, le añadían patatas, puerros, zanahorias, manita de cerdo, tocino, salchichas y apio, con sal, pimienta, una cucharadita de azúcar y ajedrea fresca y lo servían con rebanadas de pan. Ahora, lo más singular que supe de ella es que se regala una buena ración de esta sopa como acto de despedida -y señal de buena fortuna para el año venidero- a los ajedrecistas participantes en Corus, el torneo de Wijk aan Zee.  Igual que en Wimbledon degustan fresas en la clausura. Es una amnera de rememorar los años de hambre de la II Guerra Mundial, cuando poco más se podía ofrecer a los jugadores en su viaje de regreso a casa (igual que ocurría en la Alemania de la Ladrona). Una muestra más de cómo la sociedad y la gastronomía se vinculan para crear cultura.

¡Energética y vigorizante!. Capaz de quitar el frío siberiano que se nos vino encima. Una bomba contundente que nada tiene que ver con las Sopas de sobre con niños- mutantes danzarines insípidas a más no poder pese a ser hipersaladas que nos meten por los ojos los publicistas. -¡Sopas de sobre, no!- digo como Mafalda.                 

Puesta en faena, pelé y corté a cuadrados,dos  patatas y dos zanahorias pequeñas. El puerro y la rama de  apio, en cambio, los piqué más finos, en juliana. Herví los cuatrocientos gramos de guisantes y hasta los pelé cuando estuvieron tiernos.                                                                        -¡Esto es una trabajada innecesaria!- dictaminé tras efectuarla, puesto que si los arvejos son tiernos la fina telilla no molesta para nada y sólo consigues que se partan los guisantes.                                            Luego, les añadí los productos de la matacía (ahora que es época): la manita de cerdo y el trozo pequeño de tocino ibérico (casi simbólico) y salé la jugosa reunión, removiendo con la espumadera, para incorparar después las verduras invernales y las salchichas de Frankfurt, también cortadas a trocitos. Dejé  que todo se fundiese, a fuego lento, durante más de 30 minutos, removiendo de vez en cuando. Tras ese tiempo, saqué la “manita de ministro” y tierna cómo estaba la deshuesé y corté muy pequeña junto al tocino, para volcarlos después, de nuevo, en el guiso. Con ello, logré una sopa untuosa, gelatinosa, sublime de puro dulzor y textura. Por último, añadí un buen puñado de hierbas provenzales (a falta de ajedrea sola, ya que es uno de sus ingredientes, creo que mejorará considerablemente con ajedrea fresca) y la pimienta negra recién molida, una pizca de azúcar y sal.

Tras una sesión intensa de acuaerobic, os prometo que es reconfortante, sienta fenomenal. Y, lo mejor, es que ahora ya puedo salmodiar, bien a gusto, aquello de -“sopa de guisantes, sopa de guisantes”-.

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Una respuesta a SOPA DE GUISANTES. SOPA DE GUISANTES

  1. Micifuz dijo:

    Eso es una menestra, no una sopa.

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