JÚBILO

¡Ya sé que parece un sinsentido lo de titular a una entrada actual con palabra tan alegre!. Lo es cuando el Gobierno, de nuevo, nos ha vuelto a asaetear con una Reforma Laboral que no va a hacer sino abocarnos a una variante del siglo XXI de la esclavitud más arcaica. Con la excusa de salvarnos del desesperante paro. Lo es, cuando salta la alarma por los agricultores salvadoreños que enferman y mueren por la sospechosa acción de la industria contaminante, cuando sopla un viento afilado que hiela hasta el alma, mata a personas en la fría Europa y congela mis plantas.

Elijo titularla así, a pesar  de todo, por egoista regocijo. Porque jubilosa me he sentido gracias a una de esas pequeñeces con las que la rutina se rasga, a veces. Afortunadamente.

Andaba de compras por un supermercado -el mismo dónde intercambio experiencias sentimentales con Casi– despistada en la sección de verdulería. No me ubicaba porque prefiero las recomendaciones de mi tendera en el comercio especializado de la esquina pero, dada la hora, no estaba abierta. Cuando, entre las mallas de mandarinas que estaba sopesando, ¡sorpresa: ¡NARANJAS SANGUINAS!. Mi pequeño triunfo sobre la apatía.

– ¡NARANJITAS Y LIMONES, ACHUPÉ, ACHUPÉ, SENTADITA ME QUEDÉ!.-

Llevaba siglos buscándolas. -No exagero-. Y los diferentes verduleros a los que me atrevía a preguntar me daban largas y versiones diferentes de su ausencia/presencia en los mostradores: – No es época ya. Te las buscaré el año que viene- decían unos. -Ya no quedan casi naranjos de esa variedad. No son productivos en la actualidad- esgrimían otros. – No los traigo porque son muy caras y nadie las pide, no están de moda. Ya sabes, el mercado- decían otros.

Unos inviernos insistía más que otros, esa es la verdad. Y, como soy del siglo pasado, nunca caí en que podía usar la red para encontrarlas y que me las trajesen a casa. -¡Qué poco hábil!. Seguro que lo hubiese logrado en un visto y no visto. Aún soy de las que patean calles y mercados en busca de sus deseos. Debo modernizarme, también en esto, debo adaptar mi pensamiento a la tecnología 2.0-.

Recuerdo haber insistido mucho el invierno pasado. En el verano de 2010 adquirí “Rapsodia Gourmet” y las tribulaciones de Pierre Artheus, el moribundo gastrónomo protagonista, en busca de su sabor final reavivaron mis ganas de catar algunos de mis apetitos desaparecidos. Las descripciones intensas de cada manjar que van apareciendo en los capítulos del librín, sus implicaciones con la vida del protagonista, me hicieron desear sentir el  sangrante jugo. Con fuerza, resurgió el querer probar el sabor ácido, intenso de estas naranjas tan especiales. Rojas. Rezumantes. Espectaculares. Llenas de vitamina C, ácido fólico y minerales (potasio, el magnesio y calcio). Poco calóricas. Ideales para crear salsas y ensaladas cromáticas y sabrosas.

Pero no son esas cualidades las que las hacían deseables a mi entender. Mi afán tenía más que ver, de  nuevo, con la nostalgía, con la recuperación del tiempo perdido. Lo que anhelaba era reanudar una actividad infantil, sumamente competitiva que nos entretenía, nos ayudaba a madurar, a experimentar, a conocernos y, de paso, hacía que comiésemos fruta con ganas.

Y es que era ver llegar a nuestra madre de la compra, en el invierno, con los capazos o bolsas de tela-monedero -ahora recuperadas- llenas de alimentos y ponernos a rebuscar para lograr hacernos con la mejor de las piezas. ¡A codazo limpio si hacía falta!. Luchábamos para obtener la más jugosa naranja de sangre -como las llamábamos- y, una vez lograda, nos poníamos a calentarlas con fiereza. Haciéndola rodar, bamboleándola, apretujánola entre las manos. Nuestro abuelo nos había dicho que calientes lograríamos sacar más zumo y, en esto como en casi todo, tenía razón y le teníamos una fé ciega. Ahora, es fácil:unos segundos en el microondas y ¡listo! pero en los tiempos del cueceleches teníamos que aplicar la física mecánica. Frotamiento y calor.

El objetivo era ganar, conseguir sacar más zumo, más sangre que el resto. El que llenaba más su vaso era condecorado como Drácula de Honor. Lo que le capacitaba para morder los cuellos al resto y someternos a diversas torturas infantiles, haciéndonos sus esclavos para el resto del día.

Las protestas de mi madre porque:  -“con la comida no se juega”, – “¿acaso pensáis que el dinero cae del cielo y las naranjas las regalan?”,  – “si queréis zumo, esperad que os lo exprimo con la máquina, ¡que me lo ponéis todo perdido!”, -“los buenos hermanos no se pegan” y otra larga sarta de amenazas, no le servían de mucho.

Nos escondíamos para jugar. Para convertirnos en vampiros.

Pero no queríamos ser el pesado cuentanúmeros de Barrio Sésamo. No. Ni el abuelo de nuestra adorada Familia Monster. Tampoco. Eran otros Dracos los que nos ocupaban. Otros condes malignos, otros excitantes vampiros nos dirigían: Bela Lugosi, Cristopher Lee, David Peel, …  

Batirnos en estos duelos mortíferos y acabar vertiéndonos el zumo por el cuello para relamerlo después -juegos incestuosos de experimentación lujuriosa-. Era importante ganar. Era vital. Te posicionaba en un estatus privilegiado.  Ser activo. Ser lamiente que no lamido. El poder más grande. El privilegio de gozar sobre otros cuerpos. Un placer infinito era ver escurrir el rojizo pero dulce líquido sobre el cuello vetado para el resto. Anticipar el gusto en el paladar y en la lengua con el roce de otra piel. Conseguir que te pidiesen clemencia porque las cosquillas les hacían doblegarse,… ¡Ay!. Todo esto  era lo que significaba una simple naranja roja. Porque eran ésas y no las otras -más dulces pero vulgares en su naranjez- las que nos transfromaban en sádicos vampiros, en seres inmortales.

¡Y júbilo fue lo que sentí ayer al ver, por fin, mi deseo realizado!:          ¡Una malla enterita y… un cuerpo dispuesto junto a mí para jugar de nuevo!. Eso será lo primero. Experimentar las recetas, más o menos sofisticadas, con estas naranjas las haré. Prometido. Con satisfacción, saldrán mejor. Seguro. De momento: ¡¡¡A JUGAR!!!!.

Pd.: cómo debía haber publicado esto ayer. Hoy ya puedo colgar una foto de nuestra macedonia de frutas, con naranja sanguina, al Pedro Ximénez. El sabor de la naranja no fue el que retenía mi memoria, las recordaba más dulces, mejores. Puede ser por la variedad. Tendré que seguir buscando. Pero la macedonia resultó riquísima, reponedora, refrescante,… Justo para recuperar fuerzas (o para provocarlas -¡qué no todo van a ser fresas y natas en los juegos eróticos!. Sea o no sea San valentín.

Naranja sanguina, plátano, granada, kiwi, manzana, licor,…

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