CHOCOLATE ESPESO

-¡Chocolate, chocolate!- clama mi deseo. Pese a las buenas intenciones y auto promesas expuestas recién estrenado enero. ¡Me lanzaría sobre la mega  tableta descrita por Arsenio!. Directa a patinar sobre ella.

Deseo dulce pero del más negro. Sin exceso de dulzor adicional. En porciones, de contundente tableta debidamente troceada o  rallada o  machacada en el mortero. ¡Busco el modo en el que más cantidad de malos humos se liberen! Sin duda, “veo” rostros sucesivos al fondo del almirez mientras golpeo con fuerza  y me digo que esto no es síntoma de nada. -¡Otros confían en lecturas esotéricas de sus posos de té! Y pagan por ello, encima-.

La misma menguada tableta es la que me sirve, mientras la reduzco a migas, para endulzarme. Voy pizcando cachitos, incapaz de esperar. Rebosante de ansiedad. – Cacao, del maravillao- producto de las perlas negras, bien tostadas, en lejanos lugares, ¿cómo sería estar allí, ahora?- ¡qué placentero es divagar!. Huir. Escapar. Viajar hasta superar el ecuador.

En días de ajetreo, presiones y sucesos es lo que más me pide el cuerpo.  O el espíritu -¡vaya usted a saber!-. Le dejo a los estudiosos dilucidar si es cuestión de  básico equilibrio químico o simple, generalizada y admitida excusa occidental -¡no imagino a una mujer etíope, por  mucho estrés que sienta ante la sequía, clamar pidiendo chocolate!-  pero yo sólo sé que siento vivamente la necesidad de refugiarme en el bienestar que me proporciona el chocolate.

Nada como una buena taza. Me  conformo con arrearle dos mordiscos directamente a la tableta si no hay tiempo -¡qué remedio queda!- o pasear hasta alguna de las chocolaterías de la ciudad: La Almolda, La Fama, San Miguel, El Satur,…  pero nada me reconforta tanto como el proceso de hacer chocolate, en casa, una fría y dura tarde:

                                               Disfrutar con parsimonia de todo el proceso. Primero, releer algunas de las recetas y cuentos. Recordar el origen azteca. Después, sopesar y palpar la suavidad y firmeza del chocolate. Apreciar el negro lustre del cacao puro con su brillo mantecoso antes de comenzar (550 g. de chocolate del de 70%).  Luego, disfrutar del crujido vibrante al quebrarse cuando lo partes. E ir mezclando, -más calmada ya, incluso, tarareando, imitando la voz de gata de la dulce Kylie- los 40 grs. de Maizena, con 100 grs. de azúcar. Agregar, en frío,  el litro de leche con los 100 cc. de nata, más una pizca de sal y algo de canela (¡qué también dicen que provoca cierta euforia!).

A veces, estoy cítrica y le añado, ralladura de naranja. Otras, ando dulce, y me decanto por la vainilla. Da igual, el resultado es igual de reconfortante.

¡Qué gusto da mezclar todo y llevarlo a ebullición! -aunque me falte la chocolatera-Transformar una opresión, en fluida, sabrosa y pegajosa masa!. Sacar del fuego la mezcla para añadirle el chocolate, que comenzará fundiéndose suave y homogéneamente al aplicarle calor.

¡Qué gusto sentir, el delicioso e inconfundible aroma a chocolate ya cocido!. Va penetrando en mis amplias fosas nasales, anegando mis sentidos pendientes exclusivamente de que no se “agarre” -como decimos por aquí-. ¡Qué no hay chasco peor que paladear un regusto final a socarrado! En la paella, más que admisible, aquí: garrafal error -como el de recalentar la taza que siempre sobra en un microondas descontralado…-                                                                          

Por último, servirlo en amplía taza, acompañándolo de tostones de pan duro -¡mejor, mejor! – los churros, buñuelos y porras las reservó para el café con leche, ¡ohm!.

Con todo ello, alcanzo tanto, o más,  bienestar como que el que obtengo cuando, tras los estupores iniciales, todo queda claro. No solucionado pero, al menos, expresado.

Cartas sobre la mesa, boca arriba, sin guardar ases en mangas.  Palabras dolorosamente expresadas, noticias horribles que hubiese preferido no decir,  y aún menos oír, riesgos que no decidí correr,  peligros que no contemplé -y de los que no me salvaguardé-, conflictos que no busqué pero con los que me topé. Miedos por asuntos propios, unidos al temor ante situaciones ajenas: enfermedades,  amenazas veladas de despidos (temidas como las de los trabajadores de Spanair, hoy mismo) ,  rupturas,… Larga lista que no vale la pena, no sirve de nada, esconder.  Se enquistan, eso dicen. Se agarran a la garganta. Hasta que se sueltan con violenta y resuelta claridad. Liberando, ¡por fin!, un torrente de calma para disfrutar de esta merienda rosconera, pre- San Valero. 

Las COSAS CLARAS, -¡sí, sí, sí, por favor!-,  aunque duelan, claramente manifestadas                                                               y el CHOCOLATE, BIEN ESPESO.

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8 respuestas a CHOCOLATE ESPESO

  1. Elena dijo:

    Hija qué gusto… alguien que a la tableta de chocolate no le da mordiscos sino que se los “arrea”. Como yo. Así, “arreando”, sabe más rico.
    Yo a mi roscón le hago trampa casi siempre. Levanto “la tapa” y, tras haber picado chocolate a cuchillo (si es posible del de hacer, ese que sabe a barro, que me encanta) le meto los trocitos en la nata. Vicios que tiene una.

    • Liacice dijo:

      De viciosa a viciosa: Sí, sí que le arreo, al chocolate y, a lo que se tercie, como buena tragaldabas que soy. Je, je. ¡Qué usted rosconee a gusto, con mucho, mucho, chocolate enterradico en nata -gran idea-!.

  2. Soul Kitchen dijo:

    Jajajaja!!! cuánto vicio veo por aquí!!! XD Que vivan los vicios culinarios! 🙂 Besos guapi!!!

  3. DJ Faty =D dijo:

    Hola, he visitado tu blog y me encanta. Me gustaria estar en tu lista de blogs. Si quieres puedes visitar el mio y si te gusta hacer un intercambio de enlaces. que te parece?
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