EL FESTÍN DE BELÉN

El domingo ha pasado. En el mundo de colores se oyen voces de todo tipo y casi a cuaqluier intensidad.

-¡Todo nuestro!- dicen unos, a voz en grito, mirando con ojos golositos el gran pedazo de pastel que les está por caer.

-¡Lamentable pérdida!- musitan otros viendo cómo su sueño de buñuelos de aire se derrite.

-¡Esas onzas son nuestras!- claman aquellos mientras agarran la tableta con entusiasmo.

-¡Por fin!- susurramos los hambrientos temblorosos-. No nos tocará nada del Festín pero, al menos, se acabaron los debates teatralizados, las campañas dilapiladoras, el gasto en carteles y en espacios propagandísticos-.

Todas las profecías precumplidas están al caer. Los políticos vencedores arengan. El clima del triunfo los alienta y exalta. Otros se llenan los bolsillos de migajas, por si acaso.

Estamos equivocados (teniendo toda la razón- como dice Bunbury-) sí que nos tocará algo en estos tiempos de cinturones estrujados donde ya no queda espacio para tanto agujero: nos tocará seguir encalleciéndonos las manos y perder hasta el suspiro mientras les cocinamos sus banquetes.

Porque… ¡ya se está armando un Gran Belén!.

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