NI UN GRAMO DE ARENA, DIGO, DE AVENA

La realidad se atisba ya. Irremediablemente. Esta madrugada, en mi desvelo, no he dejado de escuchar, en toda emisora de radio por la que he deambulado, el archimanido:

Éste es el último fin de semana  vacacional para muchos.  Comienza la operación salida. Tráfico recomienda no viajar de cinco de la tarde a once de la noche del domingo veintiocho de agosto y escalonar la operación salida, blablaba, blababa, blablaba, blablaba.

Y,  mira tú por dónde, que sí, que formo parte de ése generalizado muchos. Para regodeo de los periodistas radiofónicos que, como ellos están al pie de micrófono, no dejan de recordarnos al resto de la plebe que lo bueno se nos acaba. Cuando no se dedican a insinuar -o decir abiertamente- que no nos podemos quejar, que con los millones de parados que somos, es tremenda alegría tener que dejar la tumbona frente al mar.

Y, lo malo, es que tienen razón. Al menos, tenemos un cubil al que regresar, un grillete al que acomodarnos y por el que seguir siendo mil euristas hipotecados bajo la espada del desahucio si nos pasamos de listos con los bancos.

Imposible conciliar el sueño. Un millar de pequeñas catástrofes encadenadas me acechan tras esas informaciones: limpiezas apresuradas, despedidas atropelladas, olvidos de última hora, planes incumplidos y nuevamente  postergados, accidentes a la vuelta de cada curva, de cada adelantamiento, maletas por deshacer, lavadoras por poner, papeleo amontonado en la mesa del trabajo, reuniones y malas nuevas laborales, la temida báscula con su incremento,…  A estas horas, con esta oscuridad y este picor abrasador de las mosquitas de ayer, segura estoy de todo ello. Que, aunque sean males menores, me aterran. Hipocondríaca que es una.

-Espero equivocarme, sobretodo en cuanto a los accidentes- no he dejado de repetirme hasta que me he levantado, harta y dispuesta a leer mi correo en busca de mejores augurios y noticias más afines.

Pero no los he encontrado. He hallado otro desasosiego más. Un consejo publicitario encubierto me esperaba. Otro spam en forma de nota amiga recordando que existe un peso perfecto que la dieta Dukan te ayuda alcanzar. Definitivamente, además.

-¿Otra vez?. ¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!-

Estoy realmente hasta el moño, que no suelo ponerme, de este sujeto y su gallina de los huevos de oro: su obra cumbre. La que le está haciendo archimillonario.

Lo de menos es si es o deja de ser médico nutricionista como nos avisaban en el reportaje televisivo. Lo de menos es si cobra un euro o tres mil por cada visita en su parisina guarida. Lo de menos es si se agotan las bolsas de avena en las dietéticas y en los anaqueles de los supermercados. Si lleva noventa o mil reediciones de sus libros. Si se cuentan por millones sus amigos y grupos en las redes sociales. Y si todas las revistas dominicales y blogs gastronómicos nos han bombardeado y atontado con su visión del asunto.

Hoy, yo me sumo a ello, porque no puedo más y septiembre está ya aquí haciéndome abandonar la arena y, no estoy dispuesta, a lanzarme a la avena.

Tal vez escribir, avisar sobre mi opinión de antemano- si es que alguien cercano me lee- sea la única forma de librarme del acoso. Para ver si así dejan de llegarme esas útiles recomendaciones.

Porque lo de más, lo que de verdad me importa, me preocupa, es que el círculo se estrecha. A mi alrededor, cual zoombies de serie B, se han ido agolpando numerosos admiradores. Fieles que siguen a pies juntillas sus preceptos y tienen, si cabe, más aprecio fanático que las últimas demostraciones de fervor papal.

¡Hasta mi hermana más cabal ha arrastrado a su marido a la vorágine de los creps sin harina!. Mis cuñados políticos agujerean su cinturón gracias a abandonar la sandía y el melón. Mi madre arrincona la última novela de Allende para devorar el recetario de marras. Mi camarera favorita de Heroísmo- del Vent de Mar- echa a un lado las suculencias que le prepara Iván para echararse al coleto insípidas proteínas aptas para los acólitos del régimen alimenticio. Mi compañera de natación devoraba surimi sin parar en el momento que dejamos de vernos,  las de mi trabajo ya se despidieron navegando en Google para preparar su dieta veraniega y mis amigos, por mucha ironía que le pongan -bromita va bromita viene-, denominándola La de la Durcal, no dejan de mentarla a la menor ocasión y caerán. ¡Vaya si caerán!. Lo veo venir.

Un asco. Hastío infinito. Porque esto yo ya lo he vivido. Porque ya he seguido mil dietas milagrosas en mis treinta tacos de obesa oficial desde que mi madre, a los once años, me llevo a un endocrino por primera vez. Ya he sufrido los estragos del ir y venir de los kilos con las muchas privaciones y sus empachos posteriores. Ya he pasado por la dieta del astronauta, la de la acupuntura, la vegana, la de dejar de mezclar determinados alimentos, con el cuidar los horarios y los biorritmos cual Rafaela Carrá, con los atracones de un único alimento todo el día, con la de la piña, la del potito y la de la madre que parió a todos los oportunistas que hacen de la alimentación el negocio del siglo. De éste y del pasado.

Porque sé que no les basta con seguirla ellos. No. Lo que quieren, como todos los talibanes, es que te adhieras con ellos. Tanto si sacan beneficio, porque vas a dejarte los cuartos a su cochaba, como si sólo obtienen el poder compartir contigo sus carencias. No cejaran- mientras dure la moda, claro-. En esta ocasión, no pararán con la martingala  hasta que retires todas las sabrosuras, toda jugosa fruta y verdura de temporada en las reuniones compartidas. Que te durcalices, duncanices, ducanices o como quieran decirlo.

– Sólo es temporal, en la primera fase. No deja ninguna secuela.  Te ayudará a eliminar de tirón todas las toxinas y la grasa que te sobra. Que le ha ido fenomenal a fulanito y a la menganita, que quemar un gramo de hidrato supone menos gasto enérgetico que quemar un gramo de proteína, y que blablablablaba- se justifican sin parar. ¡Sin que se lo hayas pedido!. Ni mú por tu parte y el personal sin vacilar a socarrarte la paciencia.

Ya ha amanecido y ahora, al escribir esto, ya soy capaz de ver que este fin de semana no va a ser ningún horror, que el regreso será tan entretenido -esta vez, con parada para bañarnos y comer en la Fontcalda- y tranquilo como siempre.

Habrá coches apresurados que nos adelantarán y veremos pasar mientras charlamos y escuchamos nuestra música de viaje, dejando que el aire nos alivie del calor y el paisaje nos vaya sorprendiendo. Sin temor porque septiembre me cogerá confesada y escarmentada. Dispuesta a seguir las recomendaciones de Jamie Olivier y Ferrá Adriá sobre nutrición. Luchando contra la obesidad gracias a la alta gastronomía. Obteniendo mejor salud gracias a comer con sensatez y caminar y nadar un poco más.  Así afrontaré, con más energía, todo lo que este curso nos depare. Mejor o peor. Sea lo que sea. La arena habrá quedado lejos pero sin rastro de avena, por favor.

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2 respuestas a NI UN GRAMO DE ARENA, DIGO, DE AVENA

  1. david dijo:

    Apoyo la moción sin enmiendas. Allá los pesados con sus cintas métricas. A empezar ese curso con ganas y nuevos horizontes. Genial lo de la alta gastronomía, pero yo le añadiría algún tigretón o pantera rosa, que de algo debe vivir nuestro lado oscuro. Un beso y nos vemos en algún sarao (mirad el de Mi Espacio Gourmet de Sushi en el bar El Corazón Verde, que promete)

    • Liacice dijo:

      Aunque de elaborar sushi ya debería andar escarmentada (el año pasado ya lo intenté con un taller en la Gastroteca), en cuanto lo ví: me tentó y antes de volver a marchar a la costa ya dejé pagada la inscripción para ver en acción a Sushi at home, aprender un poco más y degustar lo realizado (quede como quede, je, je ). Tiene buena pinta lo de combinar el estilo japonés con toques baturros. Así que, si te animas (os animáis), allí nos veremos porque, además, me encanta el Corazón Verde.

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