EL CANFRANERO

Estoy sentada, redesayunando, en la plaza del pueblo, mordisqueando distraída un riquísismo Pan de San Lorenzo. Algo parecido a un pan de leche, jugoso, tiernísimo, con aromas a clavo, canela, nuez moscada, mantequilla, ron, naranja y ¡no sé cuántos sabores más que, en vano, intento descubrir!. Dentro de los planes que ya estoy prometiéndome para el nuevo curso, el de acercarme a la panadería es uno de ellos y éste, sin duda, será uno de los productos que intentaré realizar.

No hay quiosco de prensa. No cubica en un lugar de tan pocos habitantes, con un único colmado fijo, una carnicería y panadería discontínuas y los socorridos puestos ambulantes. Sentarse en medio de la plaza aunque conlleve el encuentro y saludo cansino, es la única forma de acceder a las noticias. Después de tantos días leyendo noticias locales ajenas, apetece saber qué se cuece en el terruño. Estoy aquí porque tras las vacaciones playeras toca la obligada visita al retiro familiar- que como es de esperar, no acabará nada bien: el aburrimiento hace estragos, no a todo el mundo le sienta bien la filosofía del dolce far niente-. Abro el periódico y me topo con que El Canfranero tarda una hora más hoy, en el siglo XXI, en hacer su trayecto de lo que lo hacía hace veintiseis años!!!!!!!!!!!!!!!!!.

Que no es una inventada de las mías. ¡Qué no!. Aunque lo parezca. Que en vez de avanzar, vamos hacia atrás. Renqueando. Anulando ganas y cortando posibilidades. Como con nuestros sueldos. Que van hacia atrás y aún se nos amenaza con más. Que es vox populi que también nos cunden menos que hace años. ¡Lamento tanto tener que estar siempre con las mismas monsergas!. Que ya me parezco a la horripilante Intereconomía, siempre echando pestes. No me gusta. Por eso, intento rebuscar en las noticias los aspectos positivos destacables  pero hay pocas opciones entre asesinatos de niños discapacitados, deudas emitidas como eurobonos, la Bolsa tambaleante, Madrid blindándose para acoger al Papá y sus fieles, los caminiones volcados por los agricultores franceses (¿esto no es también una noticia del ayer cuando casi no sabíamos dónde estaba Francia pero oíamos a nuestros abuelos acalorarse, increpándole a la TVE, única y magnánima, al ver camiones incendiados en la frontera?, ¿esto no es acaso un auténtico ir hacia atrás, un dejá vu que eriza los vellos?) y el balance creciente de muertos que nos ha dejado el puente.

Como está visto que no hay quién pueda con la realidad actual, lanzo la vista hacia el monte y dejo que me invadan los recuerdos con el Canfranero caracolero. Revivo la primera excursión con la organización juvenil que me enseñó a desenvolverme por el campo. Ya me parece estar en el compartimento, arrugando inquieta el papel de estraza con el que mi madre me envolvía las viandas para el camino, las que describí en la entrada del bocata de ternasco.

¡Qué maravilla subir a ese tren, sin saber muy bien ni cómo ni porqué, temerosa, confundida pero feliz!. Sabía que era algo importante, que me impulsaría a una categoría de ser diferente si lograba pasar los quince días sin hacer que vinieran a buscarme. Además, a todas les asomaba algo de humedad en el lacrimal y tenían tembleques de barbilla más o menos intensos. Podía verlo aunque disimulasen.  Mal de muchos… Era retador: viajar sola, sin padres ni hermanos. Sin protección. Sólo con mi pesada y desorganizada mochila que yo misma había preparado cual hatillo de los personajes de mis tebeos.

 Sin más conexión con el exterior que un sobre y un sello para enviar en caso de emergencia- eran tiempos sin móviles ni wi-fi, no hay que olvidarlo-.

Nos calmábamos con entretenimientos sacados del paisaje: quién sería capaz de contar más árboles o quién descubriría más pájaros raros. La contemplación de Los Mallos- esas montañas que me recordaban las películas de vaqueros que tanto le gustaban a mi padre- nos hacía silbar superticiosamente hasta que desaparecían de nuestra vista. Charlábamos frenéticamente y con bravuconería. Sobre  los vivacs que construiríamos, sobre cuántas noches seríamos capaces de dormir al raso,  sobre a quién le dejarían dirigir los fuegos de campamento y quién se atrevería a caminar pisando las cenizas. Nos habían dicho que se hacían con llamaradas auténticas- para mi conmoción- y que, por eso, el bosque se animaba y despertaba a los seres fantásticos que habitan en él. Una vez despiertos, inevitablemente enfadados, nos harían la vida imposible, nos contarían historias de miedo, nos harían cazar gamusinos, aunque nos chipiasemos, y nos gastarían bromas pesadas que tendríamos ser capaces de evitar demostrando más pericia que ellos. La más famosa: escondernos la ropa interior para no devolvérnosla hasta el último día. Otra forma más prosaica de asustarnos era relatar las horribles revisiones del orden dentro de las tiendas o  los toques de queda en los que estaba prohibido hablar y si lo hacías te envíaban a dar vueltas y vueltas toda la noche alrededor de la bandera o te obligaban a fregar montañas de platos o pelar patatas para el rancho asqueroso que nos obligarían a comer y estaba hecho con… ¡ratones del campo!. -¡Nada menos!. Ni revisiones de Sanidad ni leyes higiénicas, está claro-.

Todo eso lo sabíamos, de primera mano, porque nos lo contaba Elena y es que su hermano- el que se parecía a Leif Garref  – había ido el año anterior!.

Alejábamos el temor inventando canciones, haciendo trucos de magia y adivinanzas. ¡Y que a nadie se le volviese ocurrir cantar, por enésima vez, el Chacacha del tren!. ¡Qué odiosa me ha parecido siempre esa canción!.

Esa es mi relación más remota con el tren del Alto Aragón. La más reciente: el agosto pasado. Abandonamos el coche para subir hasta Canfranc en tren y enseñarle a nuestro sobrino que existen otras formas de viajar aparte de la carretera. Además, ese laaaaaargoooo viaje nos iba a proporcionar unas horas de calma para charrar con la Marga, una amiga barcelonesa a la que vemos poco, poquísimo. A ella y a su cuasi-hija adolescente la idea no les pareció mal. Curioso atisbo del pasado. Y ¡eso hicimos!. Preparamos la nevera con agua, frutas y bocadillos junto con la inevitable bolsa de camiones y juegos varios. Ida y vuelta completa, con noche en el albergue de Pirenarium. Risas y fotos. Cena preparada entre todos, entre protestas al ver y oler las chiretas y curiosidad por probarlas.  Desconocidas hasta la fecha y amadas y odiadas por igual a partir de entonces. -¡No es un plato fácil!-. Distribución de literas y sueños reviviendo la persecución interminable de la maqueta del tren. Aún hoy, el pequeño al ver un tren, sea cual sea, exclama jubiloso- ¡mira, mira el Canfranero, el Canfranero!-. Es hermoso ver que él también tendrá recuerdos y lazos, que colaboramos a formarlos.

Cueste lo que cueste- me refiero al tiempo, ¡los aragoneses tenemos esta costumbre que despista siempre!- hacer ese viaje, aunque nos suponga un incremento de horas, de euros y de incomodidades, porque las decisiones políticas sean tan obtusas, este tren siempre estará vinculado a nuestro sentir y se seguirá usando y revindicando la reapertura de la estación y de la ruta como fuente de nuevos ingresos y reavivación de la historia y la cultura. Por su pasado y por su futuro.

Y, renovada, despierta por completo, con ansias de emprender nuevos itinerarios, planes y luchas, pliego el Heraldo y me marcho a la piscina. Poco más hay que hacer. Por ahora.

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2 respuestas a EL CANFRANERO

  1. lzgz dijo:

    ¡Qué recuerdos me despierta el Canfranero a mí también!

    Me veo con siete años, esperando en la estación de Canfranc para pasar las maletas por los mostradores de madera para que los revisaran los aduaneros con toda la solemnidad. Todavía conservo el tebeo que me compró mi madre en el kiosco de la estación. Era del Tío Gilito, un perfecto desconocido para mí hasta ese día.

    El viaje había comenzado muy pronto, sobre las seis de la mañana, en la estación del Norte. Mi vecina, la señora María, me había provisto de unas buenas magras con tomate para reponer fuerzas, viandas que, por supuesto, fueron ofrecidas educadamente a todos los ocupantes del departamento de 8 pasajeros en los que estaban divididos los vagones. Las paradas se fueron sucediendo y los viajeros aprovechaban para comprar los productos típicos en aquellas estaciones llenas de vida. Castañas de Huesca, refollaos de Ayerbe…

    Después de pasar la frontera, el tren serpenteaba por el Valle de Aspe y continuaba la sucesión de estaciones de sonoros nombres, que eran anunciados con antelación por mis padres.
    – El siguiente pueblo es Urdos.
    – Ahora vendrá Assasp-Asparros.
    – Dentro de cinco minutos llegaremos a Bedous.
    – La siguiente parada es la de Oloron y después ya llegamos a Pau.

    Me parecía imposible que aquel viaje tuviera fin pero, sobre las cinco de la tarde, el tren entraba humeando en la estación de Pau y ahí estaban mis tíos para esperarnos y llevarnos al corazón de la Gascuña.

    Poco después de este último viaje de infancia en el canfranero, se hundió (o hundieron) el puente de L’Estanquet y con él se perdieron las ilusiones de muchos viajeros y de todo Aragón que dejaba de estar comunicado con el resto Europa y pasaba a ser un cul-de-sac que dicen los franceses.

    El año pasado volví a coger el canfranero después de muchísimos años. El viejo tren de carbón se había convertido en una especie de tranvía de dos vagones en los que apenas viajábamos 5 personas. Comenzaba el Camino de Santiago desde Canfranc, pero, éso es otra historia.

    • Liacice dijo:

      Gracias por leer y dar señales y, sobretodo, por plasmar con tanto encanto ese viaje de tu niñez. ¡Qué estampa!. Gracias por compartir tu recuerdo. aquí, aunque estemos de vacances… No recordaba que hubiese sido de carbón. Pero lo tuve que conocer así. ¡La memoria es tan caprichosa!. Besotes y feliz verano.

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