EL PODER DEL MAR

Curiosamente el sonido que me perdura de estos últimos días rodeada de agua no es el del rumor de las olas. En las islas blancas hay poco oleaje, la mar es calma. Calma de la apetecible para nadar, bucear observando nadar a los peces, balancearte, abrazar y besar. Lo dicho, calma chicha de la buena- sino eres surfista, claro-.

Las ondas que rebotan en mi tímpano son las de las conversaciones mantenidas y las de las cigarras tronando. ¡Estruendo divino!. Sonoridad que en la ciudad es apenas audible y que casi había olvidado porque ni siquiera en los paseos campestres lo había recuperado de esa manera tan intensa. Se ve que no sólo hay dragones y salamandras en Ibiza. Sino hordas de cigarras cantoras dispuestas a devolvernos los veranos infantiles y la magia de sentir que, de pronto, ese tronar se acalla. Sin saber porqué. Todas a la vez cejan en su empeño por frotar sus patas y esperan. En la espera nos dejan sentir el calor y las puas de los pinos cayendo. Todo se aquieta. El ánimo se predisspone para volverlas a escuchar. Lo desea. El bioritmo se atempera con esa música perezosa.

¡Qué delicia!. Es algo que no voy a dejar que pase sin más.  Es toda una enseñanza de placer devuelto. Recuperar esa sensación rural de estío sin necesidad de “hacer”-cada vez parece que tienes que visitar más países o más sitios que el año pasado, ver a más gente que en todo el año, descubrir infinitos rincones, fotografiarlos todos, tomar el sol en todas las calas, beber y comértelo todo. Estres veraniego con sólo planificar, organizar, hacer y deshacer maletas. ¡Qué estupendo volver a ser alguien que llevan y traen, que juega despistada con la arena, que guarda la digestión paseando, que puede sólo quedarse a escuchar de nuevo, quedamente el sonido del canto amoroso – y laborioso, que al parecer la fábula de la cigarra y la hormiga está muy equivocada– de los insectos. Esperar. No hacer más planes que ése observando el azul de cielo y mar. Disfrutar del momento.

Andaba reflexionando sobre esto cuando leí que nuestros amigos charolastras, en su última entrada, clamaban también en defensa de la siesta y con determinación abogaban por la quietud. Resulta paradójico tener que escribir- como el libro elogio de la pereza y argumentar sobre algo tan natural, tan pegado a nuestros biorritmos, a nuestro ser. ¡Inevitable coincidir cuando se vive inmerso en esta locura de idas y venidas, de conflictos en barrios suburbiales, de hambre, de luchas por un puñado más de poder, de deudas, de despropósitos salariales y visitas papales con su menú específico los descuentos de Santa Esperanza!.

Quiero estar otra vez allí. Me refugiaré en la música, que como a toda bestia: me calma y me colma. Rebusco en mi memoria primero y luego en la red hasta encontrar lo que me haga recuperar ese estado que tuve al oír a las cigarras. Sin necesidad de asana de yoga alguno ni mantra.  Yo tampoco quiero religiones que me invadan más de lo que ya lo han hecho. Mejor notas musicales que salmos.

Para empezar, una de las canciones más tarareadas de mis años juveniles y más acorde con el deseo de inactividad:

Y después, selecciono de entre muchas otras, esta más actual. Porque me encanta la sensación que trasmiten. El poder del mar, de la mar- ¿qué más me da el género que tenga esa inmensidad azul que aviva mis ganas?- es el de incrementar el deseo de querer. Y como dicen: ESTO NO SE PARA. Hoy gana, tus ganas, ganamos los dos. Esto no se para.

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