ETERNO DILEMA

Ahora que andamos descubriendo lugares- pitiusos para más señas- resurge con intensidad el dilema de qué visitar, dónde ir en primer lugar, dónde después y… qué probar, por cuál de las infinitas posibilidades culinarias que se nos ofrecen nos decantamos para alimentarnos.  Reanudándose con fuerza la consabida polémica, mucho más intensa si cabe al viajar o salir en grupo.

Porque a la hora de los gustos ya se sabe: múltiples y variados. Y siempre hay que escoger. Tarea ardua.  Intentar llegar a acuerdos, al deseado consenso y, si se puede, lograr que prevalezcan nuestras propias ideas, nuestras preferencias de entre las ajenas. Todos queremos que eso ocurra, al menos, de vez en cuando. Algún que otro minuto de gloria. Pero en vacaciones…¡hasta convencer y argumentar cansa!.

Como cansa tomar una elección tras otra, con todo. No es nada sencillo entender que aceptar con gusto algo, supone renunciar también al resto de las infinitas opciones que, afortunadamente, se nos van poniendo a tiro paulatinamente.

No hay más que fijarse en la evolución infantil. En esa lucha por conquistar la tolerancia a la frustración -que tanto mal causa si no se logra!-. Transitar en la nebulosa de nuestras apetencias incipientes, de nuestros rechazos claros, de la inmediatez de nuestros deseos, de la dificultad extrema por decidirse. ¡Es todo un aprendizaje!. Afortunados los que superan, en etapas posteriores, -y en la mayoría de las ocasiones, salvo cuando se empeña en resurgir ese yo ególatra, claro está – las fijaciones y mantienen la mente abierta y dispuesta.

¿Mi obsesión?: reconocida es mi tendencia -cuasi adictiva- a experimentar con todo lo nuevo. Aunque eso no quita que también adore el cocido, los platos de cuchara de mi abuela y atesorar recetas de antaño como “oro en paño”. No puedo evitar que cada reclamo publicitario, cada carta en los establecimiento vanguardista “me llame a gritos” e intenté arrastrar al grupo a la probatina culinaria y a los restaurantes “estrafalarios”. En la mayoría de las ocasiones, sin lograrlo… Y es que, desde el comienzo en mis incursiones cocineriles, me apunté de lleno, y sin ninguna reticencia, a la moda de la restauración minimalista. Me creí ingenuamente que las pequeñas cantidades que suelen ofrecernos ayudan a disfrutar de los sabores sin engordar  demasiado y, además, siempre me ha gustado rellenar cosas mínimas, hacer tapas singulares, aceptar retos. La anécdota del que me sometió mi suegro, antes de una comida familiar, proponiéndome rellenar guisantes- cosa que hice, por supuesto- fue  y es uno de los más celebrados. ¡Qué de risas a mi costa!. También siempre me he atrevido con lo hindú, con lo thai, lo zen, lo japonés, y con todo ¡cómo quieran ponerle de adjetivo a todos los platos lejanos!. Hechos  con carne de canguro, de avestruz y de todo bicho capaz de aportar proteínas. Por mucho que ya sé que las cosas crudas me cuestan, que el picante me asusta, que prefiero el  pescado a la carne y que todos tenemos un límite –  y ¡me temo que el mío son los insectos!- pero yo aún no lo he trasvasado.

Buscar la novedad es lo mío y asumo que comporta riesgos: a veces se acierta y otras no. Pero entiendo que haya personas que no tengan ninguna gana de rozar el suyo. Que les supone una tortura incluso el ir a un gastado “restaurante chino”. Personas que desconfían de las novedades gastronómicas, que siempre van a encontrar mejor la paella de su madre que la de ningún otro lugar por muy de postín que sea. Y que se oponen a los restaurantes actuales y se mondan de risa con apreciaciones sobre los lugares de condumio actuales. Como las perlas que suelta  Leo Harlen, en el Club de la Comedia:

 

O de las imitaciones de Ferrá Adriá de Muchachada Nui. Dejó ambas aquí porque en días de fiestas lo mejor es reír. Y porque las comparta en su totalidad, o sólo en parte, hay que reconocer que desde la exageración, ¡dan en muchos clavos!. Y es que en las zonas glamurosas: hay mucho fiasco recubierto de modernidad. ¡Hay que andar con mucho ojo en el disfrute vacacional para descanso de nuestros estómagos y nuestros bolsillos!.

 

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