CALLE LA NOÑA II

Hoy necesito volver a ponerme noña. Tengo la tristura metida en el cuerpo, en los poros, en las sienes. Me he despertado con la horripilante noticia de otra mujer muerta a manos de su marido. Otra victima más. ¡Hemos perdido la cuenta!. Esta vez en Avilés. Convivencia de 40 años que termina con un hachazo.  Terrorismo  más nocivo que otros que ocupan páginas y páginas de politicuchadas. Lacerantes heridas sociales que quedan en los supervivientes y se viven en silencio. No se cuentan. Se notan si eres capaz de mirar bajo la envoltura de normalidad. Estigmatizan. Terrorismo silencioso, sin estrépito. Consentido. Mucho más universal que ninguna otra forma de maldad.

Revolución pendiente que no se realizará si no hay compromisos personales, educativos. Una vez, tuve un profesor que arrengaba a sus jóvenes escuchantes, clamando: “Hay que feminizar a los niños”.  El sector más conservador se echaba la mano a la boca, no entendía nada y se reían a sus espaldas. Profeta en el casi desierto. Por eso siguen siendo, en pleno S.XXI y en la Europa de 1ª, tan pobres los avances y las muertas y sus hijos malheridos se nos acumulan en las esquinas. Por eso, la cartera ministerial cae fulminada a la mínima. ¿A quién le importa una muerta más o menos además de a sus huérfanos y familiares?.

Pequeños pasos en Europa que no acaban de cuajar. Rabia creciente si das una vuelta al globo terráqueo y fijas la mirada en el mundo en mal llamado . Dolor inmenso si piensas en las lapidadas en nombre de la religión y la barbarie, en las torturadas, vestidas e infibuladas en nombre de la perpetuidad cultural, en las secuestradas como moneda de cambio en cualquier batalla, en las violadas en su propio hogar y fuera de él, en las comerciadas en redes internacionales, en las ultrajadas día a día, en las obligadas a desempeñar puestos y tareas penosas, en las famélicas que sacan fuerzas y siguen adelante, solas,  con su inmensa prole, en las parturientas agonizantes sin medios ni higiene, en las niñas abandonadas nada más asomar a la vida,… en tantos casos y en tantos países. Lacra social generalizada que nadie sabe cuándo ni cómo acabará.

Recurro a mis emociones  y recetas segurizantes para sobrellevarlo. Necesito refugiarme en brazos amantes. Me urge  sentir amor a raudales. Calmar la impotencia que me provoca ese continuo goteo de muerte.

Me alejo cobarde de estos pensamientos. Y …

rebusco el recuerdo del sonido chisporroteante de la cebolla que pochamos en la primera comida que salió de nuestras manos danzantes al unísono.

Cocinamos nuestro AMOR ENROLLADO: CANELONES.

Todo un reto para dos principiantes.         

Cocinar es para mí un gran placer pero aún es más placentero observar la belleza de sus eficientes movimientos, la gracilidad, rapidez y limpieza con la que es capaz de enrollar sin esfuerzo hasta la pasta de los más finos canelones. ¡Qué destreza!. Divina coreagrafía. Da igual si son de farsa vegetal o de carne  picada.

Eso, entre otras cosas,  fue lo que me conquistó.  Eso fue lo que me convenció y me hizo entender que la convivencia iba a ser fantástica. Disipó mis dudas. Nadie que sea capaz de cocinar así puede ser capaz de arruinarte la vida. Tanta sensualidad. Tan buen tino para medir la dosis justa de mimo que necesita cada plato.

A la par, eso mismo, es lo que más rabia me da. Y, como en toda pareja, crea momentos de  mezquindad de intensidad variable. ¡Todo en el proceso le resulta demasiado fácil!. Fácil le es hacerse con el proceso del “Canelocidio”. Empieza enrollándolos de abajo arriba, desplazando ligeramente hacia atrás el relleno para afianzarlo, con cuidado de no rasgar las delicadas láminas. Mientras tanto, los míos, se despanzurran rebeldes, derramando el líquido interior. Da un sutil toque de huevo batido para sellar la pasta y su canelón, como por arte de magia, se le rinde.  Impecablemente. Mientras el mío, por mucho que me empeñe yo en cerrarlo, más se empeña él en mostrarme su interior. Siempre me salen extrovertidos,  ¡eso debe ser!.

Fácil también le es enseñarme recetas de sus familiares. Hacemos mostillo como hacía su abuela. Llenamos cazuelas de tradición turolense.  Igualmente fácil le resulta recrear las novedades. Napamos filetes, esferificamos verduras, sacamos el soplete, la mandolina y el batidor buscando aires. Experimentamos recetas que rozan la ciencia-ficción.  Alimentando nuestra pasión por la gastronomía y, sobretodo, por la vida y el placer compartido.

– Sí. Definitivamente, la pasión por el buen hacer culinario tiene mucho que ver en la fortaleza de nuestros sentimientos.

– Y aún tiene más que ver con el perímetro de nuestro abdomen, je, je- dice mientras cierra la tapa del portátil y baja lamiendo lentamente mi cuello.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en MIS COCIDITOS y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a CALLE LA NOÑA II

  1. David dijo:

    Que razón tiene Anthony Bourdain en Confesiones de un Chef, cuando afirma “Las personas me decepcionan. La comida no.”
    Hay días y noticias que nos hacen escondernos detrás de algo certero y puro para capearlos (y todo sea dicho, esos canelones lo parecen). Pero al final volvemos a salir a la superficie, como debe ser ¿no?
    Saludos y hasta pronto, que creo que hay algo en el aiiiiiire

    • Liacice dijo:

      En el aire flotan nutritivas propuestas. Tantas que abruman. Y…¡caeremos!. Así que ¡hasta ya mismo!.

      Pd.: Estoy con el mismo libro entre las manos, je, je. Enganchadísima. Y el miércoles sucumbí a más tentaciones feriadas. La montaña aumenta. ¡Ay, qué ahogo!.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s