LA MADRE DEL CORDERO

Este mes de votaciones indignantes da paso a otras elecciones mucho más gastronómicas. A unas que tengan más que ver con la Religión que acabamos de estrenar. De nuevo, el concurso de bocadillos de Ternasco de Aragón.

Para participar- ¡vaya sacrificio!- sólo hay que pasarse, del 2 al 12 de junio, por los restaurantes y bocaterías participantes. Que han derrochado dosis ingentes de inventiva. Si, además, de pasarte por ellos, lo haces en buena compañía, tienes el disfrute asegurado. No te olvides depositar tu voto en las urnas instaladas en cada local. Premia a tu favorito que con ello igual ganas ¡un viaje para dos personas a Europa!. Además de darle gusto al paladar.

Me apunto la primera a revivir la magia del mordisco de bocata de ternasco. Cada año, puntual voy acudiendo a las citas como pequeño homenaje de amor filial. Mi demostración de nostálgico afecto. Para mí no es sólo una técnica de marketing, una estrategia publicitaria del Grupo Pastores. No es sólo una propuesta ni un reto que asumen los diferentes restaurantes. Ese hincar el diente en un bocata con intenso sabor a carne, me retrotrae- cual condensador de fluzo– y me deja convencida de que, si fuesen otros tiempos, a mi madre le incitaría a presentarse y a desbancar al resto porque sería ella la ganadora. Seguro. Porque nadie, nadie hacía- y, me atrevo a decir, que nadie hace- unos bocatas de ternasco como los que elaboraba ella. Inventada propia. Precursora por propia iniciativa. No lo había sacado de ningún manual de la Sección Femenina. Fue la necesidad de sobreprotegernos y cebarnos la que le llevo a crear sus inigualables BOCATAS de TERNASQUICO.

Siempre fuimos la envidia de los compañeros de fatigas que, mochilaza al hombro, subían intrépidas ascensiones o recorrían sendas por el monte de aquí al lado. Como si nos fuesemos al Himalaya, todas las madres se despedían de nosotros acongojadas. Y nos pertrechaban de exquisiteces, ropa y repuestos de todo tipo- no fuese a ser que, en esas cortas horas o días de separación, nos ocurriese un malestar o precisaramos algo en esa incursión a la vida autónoma y no estuviesen para, solícitas, ofrecérnoslo. Mi madre se llevaba la palma. Como buena clueca,  deseaba protegernos de todo mal. El más famoso de sus cuidados fue: el Bocata de chuleticas de ternasco empanado entre pan crujiente, por supuesto, untadico con tomate. Tierno y jugoso, con su hueso incluido- para nuestro escarnio-, que devorábamos bajo la mirada inquinosa del resto de la tropa. Ellos, portadores de bocatas de tortilla apresurada o de grasiento chorizo de Pamplona, se morían de envidia y se burlaban de nuestras “flautas”.  Confieso que, a veces, el pudor era más fuerte que el hambre o el respeto y, dándole un beso al pan- que no era cristiano, tirarlo-, sacaba las chuletas de palo y, amarga, tiraba de ellas con mis incisivos. Desdeñando la labor.

Esta idea se me antoja la mejor forma de reconfortarme con el pasado: mi madre no se equivocaba. Deberían darle a ella el premio honorífico. ¡Qué tiempos!. ¡Me relamo de gusto!.

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