FILOSOFÍA EN ALBORNOZ

Somnolienta. Apenas acababa de desprenderme de la pereza sabatina. Con toda la mañana por delante para haraganear.  El desayuno calentando mis manos. Lentamente  creaba círculos con la cucharilla.  El soniquete siempre me ayuda a despertarme. Y, tal vez por ese incipiente despertar, me puse a  pensar en un comentario banal oído la noche anterior, esperando el autobús.  No me quitó el sueño. Ni siquiera me percaté . Pero es evidente que se quedó enganchado en alguno de mis íntimos recovecos.

– X e Y se han puesto tremendos desde que salen juntos. Basan su amor alrededor de la comida sin caer en que, a  la par,  les crece la barriga. Cenas en tal sitio. Celebraciones por todo. Cualquier excusa les vale. Alguien debería insinuarles algo, ¿no, chicas?- dijo una mientras las otras le rieron la gracia.

Hacía tiempo que no pensaba sobre lo que une o desune a los amantes.  Sobre ¿DÓNDE RESIDE EL AMOR?, como narraba esa sensibilona película de los años noventa que nos dió para tanta reflexión pueril.

Arrastrada por ese pensamiento nostálgico, rememoré la vida compartida desde entonces, obviando las malas noticias del transistor. Maldiciendo el que se me rompiese el video en su día, eliminando la posibilidad de remirar la vieja grabación. Quizás por ello, me sentí proclive a divagar.

-¿Nuestro amor reside en nuestro hogar?- me plantée- ¿Son estas paredes que nos acogen, este espacio atiborrado de recuerdos,  el que nos liga?. Pudiera ser-me dije- porque cierto es que procuramos hacerlo a nuestra medida y gusto. Nuestro.  Ante todo sentirlo propio. Espacio común. Creado a dos.  Diseñado a dúo. Repleto en comunión – aunque por muchos años sea más bien de la banca que siempre gana- reí con amargura hasta casi atragantarme con la tostada.

– ¡Qué pensamiento tan cursi!- me recriminé lúcida tras las toses- ¡es lo que tiene vivir en una calle de sobrenombre “La Noña”- y seguro que hice más de una mueca de hilaridad mientras intentaba no escaldarme.

– De todas formas, si así es ¡apañada estoy!. Poco romanticismo al uso cabe en un lugar dónde tan sólo se alcanza a ver el esplendor de nuestro patio interior. Sin altivas montañas en el horizonte. Ni  rumor  lírico alguno. Sólo se logra oír la ruidera intermitente del ventilador del garaje- reflexioné cabizbaja mientras soplaba.

– Ante elección propia, no hay  queja admisible: podríamos  haber vivido en cualquier otro lugar- me reprendí recordando que nació de nuestras mismas entrañas el deseo de asentarnos en el meollo de esta urbe- además que el cemento se  imponga,  pese al continuo esfuerzo cultivador de belleza en jardineras, hasta tiene su encanto.  Luchar contra la fealdad es estimulante y creativo cien por cien- me dije intentando reanimarme. Y dirigí esperanzada mi mirada a la terraza.  LABOR FECUNDA-¿Será este taburete?. ¿Esta alargada cocina, con todas las alegrías que nos provoca, dónde fundamentamos la querencia?, ¿son las cosas necesarias que acumulamos, las prácticas, o todo la inutilidad de los objetos amados que  atesoramos?- sorbo a sorbo, iba desgranando otras posibilidades aunque tampoco fuesen convincentes y de hecho, acabé reconociendo que ni en una colcha, ni en un lienzo ni, por muy acogedor que esté resultando ser,  en el espacio habitable dónde reside el amor.

Con convencida determinación, seguía dando cuenta del café con leche y rescatando ideas peregrinas. Se oían ya otros despertares en la vecindad y las aves revolotear mientras el sol despuntaba enérgico- Lo importante  es que ha comenzado una nueva primavera y nos pilla en perfecta sintonía. ¿Residirá en eso precisamente? En que el tiempo tenga apariencia de inexistencia. En sentir su paso pero no su peso. ¿Tal vez sea eso lo importante?- cavilé recogiendo migajas caídas sobre el mantel- En no sentirlo, en que los días no creen fisuras sino que unan como mágico pegamento.

Casi segura- ¡veinte años no es nada! dice la canción- tararée-  Casi satisfecha me sentí. Pero la frase inicial siguió en mí. Taladrante. Empujándome a buscar algo más concreto. Hechos. Hechos nutritivos además. A pesar de sentirme llena físicamente necesitaba relacionar  el amor y el sexo con devorar, con comer. Mil imágenes se me avecinaron.

-“El Ansía”- susurró Bowie en mi oído.

Devorar mis kilos de más. Los suyos.  Han ido acumulándose.  Tal vez como la pareja de la que hablaban ayer. También han desaparecido. Para regresar de nuevo. Círculo caótico sin aparente final.

– ¿Es esa la residencia de nuestro amor?,  ¿la lucha agotadora y conjunta?. Nuestra unión ¿se hace fuerte  o se debilita con ello?. ¿Nos dan sentido?- mil preguntas también se sucedieron alrededor de ese inquietante hilo porque da igual si  ha sido guerra conjuntamente emprendida,  o  a solas,  pero siempre hemos sentido el apoyo ante la batalla y el frenesí al abandonarla. Nos hemos felicitado por poder decir adiós a las tallas grandes pero también hemos hecho nuestra la búsqueda del disfrute y del placer de cocinar y comer sin más tiranía que seguir recetas en vez de dietas. Acelerando, para con la velocidad, difuminar todo remordimiento. Sin que importe nada lo que haya fuera. Ni opiniones. Ni modas. Ni siquiera salud. Sólo las risas que aún se mantienen- dilucidé cada vez más nerviosa.

Por ello, me solidaricé con la pareja desconocida y dejé el análisis de nuestro momento actual  para otro rato. Iba a ser demasiado comprometedor y de evidentes resultados. Así que tomé el último sorbo y doblé la servilleta, dando por finalizada esa filosofía de albornoz.

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