COMERNOS LA VIDA

Nada más despertarme sentí mi cuerpo bullir. Me rugían las tripas y no sólo era por hambre física. Mi espíritu me pedía colorines y zarcillos de faraona.  Como si el día prometiese desarrollarse dentro de uno de esos estúpidos anuncios de compresas, oliendo nubes, caminando a saltitos por las veredas. Así, llena de expectación, discurrió mi jornada laboral. Más soporífera que nunca. Al salir, me paré en el supermercado del Coso. Inquieta. Impulsada a comprar no sabía muy bien qué.

_ Hola, Casi. Hoy te ha tocado pringar al mediodía, ¿Lorena está de fiesta?. ¿Desde cuando han tapizado el local de al lado con esa foto de los restos de baños judíos?- acribillé a la cajera nada más entrar. Sin preocuparme de si le acababa de estropear el conteo de los cambios.

_ ¡Qué preguntona estás!. ¡Qué sé yo de carteles de puertas  afuera, bastante tengo con los de dentro! Llevo horas aquí metida. Y sí, Lore está de fiesta, ¡qué tú ,como todo aragonés, venga a preguntar lo que ya ve”_  protestó, lanzándome una mirada taladrante.

_ ¡Huy, perdona!. Creí que te habrías fijado en la novedad porque está que te salta a la cara nada más bajar del autobús y, que yo sepa, ciega no eres _ le respondí quedona. La compra diaria y unas cañas coincidentes en el bar de la esquina, ya nos ha dado para tener cierta confianza

_ Hoy me han traído. ¡Y motorizada!_  respondió conciliadora, con tono cómplice y risueño.

_ ¡Huy, huy, cómo suena eso!. Doy una vuelta a ver si me inspiro y luego me cuentas _ y me alejé, guiñándole un ojo. O los dos,  porque me salé  fatal.

Como ya anticipé que iba a ser uno de esos días en los que no me vale cocinar, ni comer, cualquier nadería. Anorexia de rutina y de filete a la plancha. El rugido de novedades iba en aumento. Necesitaba comerme la vida. Nada más llegar, el rumboso pescatero, me asaltó: “Que si mira que truchas, que si fíjate en el precio que lleva hoy el rape”. ¡Este chico es bobo!. Igual es la vigésimo quinta vez que le digo que no me gusta el feo bicho. Como de lo que menos tenía ganas era de malentendidos, no le contesté. Le sonreí y decliné amablemente su oferta, diciéndole que prefería darle salida a ese estupendo bacalao que me miraba desde la repisa.  Nunca sigo la Cuaresma pero me sentí inspirada porque recordé que andaba por casa un libro esperando ser estrenado: Cocinar con flores, de Carlos Cidón. Recordé la receta que había leído recientemente y que aguardaba su oportunidad para emerger. Ensalada de bacalao con capuchinas. Comencé a visualizarlo, así que arramblé con lo necesario y salí pitando hacia mi cocina.

_ ¡Eh, qué prisas llevas. Con todo lo que tengo que contarte ahora, sin gente!

_ Lo siento, Casi. Si me entretengo se me pasará el hambre y las ganas de cocinar. Cuando acabe, bajo y si es tu hora de salida, nos tomamos unas cañas_ me despedí y, volando, salí.

Nada más llegar, abandoné las bolsas en la encimera y escudriñé entre mis jardineras en busca de los ingredientes principales: las flores de mis ” robertitas”.
Las llamó así, en honor del cumple de mi amigo porque es cuando suelen florecer, aunque últimamente andan trastornadas con el cambio climático y adelantan su floración a marzo. También recolecté las lechugas y escarolas necesarias.

Una vez dentro, puse a  La cabra mecánica en el Ipod.

Remojé las flores y las ensaladas para limpiarlas bien. Abrí el envase del bacalao. Y, cada vez más invadida por el trasgo burlón, piqué la cebolla morada. Mientras iba calculando y mezclando los 30 grs. de azúcar de caña con las 9 flores picadas, la cucharada de aceite de oliva, los 350 cc. de vinagre de sidra y sal Maldon, la sonrisa de mi cara se iba ensanchando. ¡Me sentía más Binoche que nunca! mientras colocaba la mezcla sobre el verde lecho y comenzaba a dar cuenta del resultado final. ¡Qué delicia!_ pensé_  Casilda se merece probarlo.


Y es por ello, que ahora me ves así, caminando toda ufana, con mi fiambrera cual tesoro, relamiéndome de gusto floral en el paladar y  en mi mente calenturienta, elucubrando posibilidades a la noche de Casi.

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