LECCIÓN INFANTIL DE ECONOMÍA DOMÉSTICA

El sábado fue fiesta fallera, como de sobras sabéis los Pepes, Pepas y los papás. En mi caso, que ni soy valenciana, ni me llamo Pepa ni soy papi,  el asunto me debería ser indiferente pero… ¡soy hija y, además,  de Pepe!. Así que lo celebramos en mi casa sin petardos ni tracas pero con todo lo que conlleva en nuestra cultura una celebración familiar.

Lo de “nuestra cultura” en realidad, es una burda mentira.  En todas las civilizaciones hasta en las más antiguas, como atestiguan los escritos y las investigaciones, desde que nos hicimos homínidos descubridores del fuego, aprendimos a compartir lo cazado y recolectado, agasajando a los dioses, de paso,  ¡que no es cuestión de tenerlos enfadados!, con ofrendas, cantos  y danzas mientras se cocía el asado.

Fiesta que acabamos – como mandan esos cánones-  con chachará infinita, alargando finales hasta casi romper más de un nervio.  Como si nos diese miedo que se acabase. Como si fuese a ser la última.  Que en eso sí somos epecialistas por estas tierras hispanas: “arreglamundos” de boquilla. Tanto si de discusiones políticas se trata como del peinado de la vecina. Opiniones para gustos.  Pero tampoco en esto somos originales,  se lleva haciendo desde hace siglos aunque ahora sin triclinios donde recostarnos.

Por cierto, esto último quién peor lo lleva es mi cuñada. ¡Lo que daría ella por tener a su entera disposición uno!. Ya sea el original del que siempre habla y presume de haber visto excavar en la Domus Añón del Museo Provincial mismamente!. O bien, como ahora que dicen servirle cualquiera de los que aparecen recreados en la actual exposición Romanorum. Ella siempre tiene que estar ¡de rabiosa actualidad!, dejarnos bien patente que no es una emigrante cualquiera. Es siempre la primera en visitar, asistir y fanfarronear de cualquier acto cultureta de la ciudad:

– “¡Hay que ver con que acierto han sido capaces de incluir hasta los aromas de la cocina familiar, del restuarante “de comidas rápidas” y de la panadería!.  Estos catalanes simpre tan profesionales. Y más los de La Caixa. Siempre montan unas exposciones fantásticas. No podéis perderosla aunque haya que hacer mucha fila, claro que yo no tuve que hacerla. Fui con invitación antes de la inaguración” .

Si, al menos, mientras contase boberías así ¡estuviese doblando sus escurridos  y perfectos riñones colocando platos en el lavavajillas!.  Pero no, a lo que te descuidas, se pone a emular a sus admirados romanos- hasta que vaya a ver una de celtas- acercándose al sofá cual león ante un ñu en el desierto de Kalahari. ¿Quién es el osado que se pone en medio de su camino?. Así que la dejamos hacer- mejor dicho: no hacer- y, mientras, los demás  nos dedicamos a platicar- como diría ella- y con fervor nos enfrascamos en eterna discusión. Una forma como otra cualquiera de entretenernos. Todos salvo la madre/ abuela,  especialista en sortear conflictos y los niños. Tiernos infantes a los que hay que alejar de esas manidas conversaciones  para salud de su infantil espíritu.

En dulce encuentro intergeneracional se aliaron y encontraron su propia diversión: recolectar borrajas, mi verdura preferida, que atesoraba sin finalidad y estaba ya espigándose, creciendo a su antojo en mis macetas. La”borago officinalis”, como dicen los botánicos que se llama, de fantásticas propiedades y aragonesa por tres de los cuatro costados ya que la plantaron los árabes y aquí se quedó, desatando pasiones, poco comprendidas por las amistades con paladares de otros lugares pero que sentimos los maños como algo tan patrio como Labordeta. ¡Qué nadie nos la toque que mordemos!. Como mucho aceptamos compartirla, levemente, con La Rioja y Navarra pero sólo porque tira la cercanía ribereña del Ebro.

Entretenimiento y lección de economía doméstica de primera la que nos dió: los tallos más rumbosos los reservó con decisión para hacer un primer plato depurativo que degusté al día siguiente. Con las hojas más tiernas, elaboraron y degustamos todos un postre tradional del Somontano que le había enseñado a elaborar su propia abuela. Todo un saber generacional. ¿Las peor paradas? Las matas que de esta guisa se quedaron las pobres tras  la incursión hortícola/gastrónomica. Para que no acabasen con ellas , aprender la receta que nunca me transmitió a mí- notese el rencor- y, de paso, huir de la discusión me apunté a la faena.

El postre se llama CRESPILLO y lo elaboraron siguiendo la receta de mi bisabuela, supongo que habrá otras pero seguimos la que se hacía antes en su zona. En Barbastro se celebra hasta una fiesta del crespillo, el domingo más cercano al 25 de marzo. ¡Casi acertamos porque nosotros los hicimos el 19 ! y hasta  es posible, en vista de la aceptación, que volvamos a repetirlo el 27, aunque tendrá que ser con borrajas compradas porque no va a darles tiempo a crecer a mis esquilmadas plantas.

Los ingredientes son sencillos: hojas tiernas de borraja, harina, azúcar, huevos, leche y aceite. Las diferencias entre recetas deben ser mímimas con ingredientes tan básicos. Algunos adultos le añaden anís a la pasta para rebozar pero a nosotros ni se nos ocurrió.

Fabricamos improvisados delantales y hasta gorros de cocineros serios.  Fue un rato de lo más entretenido: mezclaron la harina, parte del azúcar, los huevos- que previamente habían batido, compartiendo con el suelo el regocijo- y un poco de leche. Todo ¡con mucho entusiasmo y estrépito!. El resultado: una pasta ligera donde sumergir las hojas cual barquitos en los charcos.  Esta parte les entusiasmó. Antes , por supuesto, las habíamos lavado, estaban bien limpias y, muy importante, bien escurridas para que no se rebele el aceite. La higiene y la precaución que no falten en su formación aunque les parezca la parte más aburrida.

Después, sólo nos quedó freírlas en aceite muy caliente. Tuve que poner especial atención en esto. Freir no es lo mío. Pese a que en nuestra cocian maña abundan los rebozados. Me ha costado aprender que el secreto de un buen frito rebozado es la temperatura del aceite. No porque sea asunto difícil sino porque soy demasiado impaciente. Cuando estuvieron bien doradas, algunas demasiado, las posamos sobre un papel absorbente para quitarles parte de su aceitosidad y las espolvoreamos con azúcar. Muy decididos, incluso le crearon sus propias variantes, añadiendo cacao o miel. ¡Aprendices de cocinero!. Ya despuntan maneras. ¡Uhm, qué ricas estaban de cualquier forma!.

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Una respuesta a LECCIÓN INFANTIL DE ECONOMÍA DOMÉSTICA

  1. Elena dijo:

    Los libros que te comenté ayer : “La casa de Lúculo” de Julio Camba (ese es una curiosidad más que nada); “El perfeccionista en la cocina” de Julián Barnes (este novelita) y uno de ¿relatos? cortos flojitos, flojitos pero curioso también “De sabores y amores” de un tal Manuel Julbe.
    Parlarem.

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