PURA CASUALIDAD

Hace muchos, muchos años, no sé en cuál de los múltiples cursos, cursillicos o cursillazos con los que rellené parte de mis horas juveniles (vicio del que, como puede constatarse, aún no estoy sanada) me vi en el brete de responder con un mínimo de ingenio y creatividad a la consabida dinámica de presentación. Una de tantas. La genialidad de ésa consistía en declarar cuál eran las dos ocupaciones fundamentales en nuestra vida. Nada más. ¡Y nada menos!

Me llevó mi tiempo. Mi mente fue deprisa pero le fue preciso, en primer lugar, ahogar el impulso de declarar obscenas aficiones. Por mi parte, aún no sentía la cercanía que necesito para tratar según qué temas y, por la suya, la premisa era tan obvia en ese encorsetado ambiente que ni siquiera se citó pero me llevó, directamente, a la autocensura de ignorar algún que otro saludable y erótico- festivo entretenimiento. Añoré a mi panda habitual, ¡nos habríamos reído lo nuestro compitiendo a ver quién inventaba el mayor gore- disparate!. No era cuestión.  Inventarme algo totalmente también lo descarté. La convivencia seguramente iba a ser larga y mentir cual bellaca me ha parecido siempre demasiado arriesgado (educación judeo-cristiana, ya se sabe).

Tachadas esas opciones, mi mente vagó en busca de alguna medio verdad que nadie hubiese dicho ya,  para rociarla con algo de esa chispa cocacolera que tanto se nos vendía por entonces. Empresa Complicada. Por educación: tímida. Por herencia: hipertensa, así que sólo mi edad me salvo de un arrechucho. Con las ventanas a cal y canto y la puerta inaccesible: huir era imposible. Sólo deseaba salir por la tangente lo más rápido posible.

Llegó mi turno en la fatídica rueda.  Saqué de mi chistera lo menos comprometedor que se me ocurrió en ese momento.  Los entretenimientos elegidos como representantes de lo que  fundamentaba mi ocio confeso fueron: Cocinar y Contarle a mi perro, Bogart  para más señas, las impresiones de mis lecturas mientras paseábamos por el parque. ¡Ahí queda eso!. Era tamaña tontería pero, bien pensado, se merecía que lo nombrase. Nunca he tenido escuchante más atento aunque, a menudo, se despistaba con algún sabroso aroma a hembra sandunguera.

TIERNOS COMIENZOS

Viendo mi anatomía, la ocurrencia funcionó. Caras sonrientes. Ningún gesto de perplejidad. En este caso, el hábito sí hizo al monje. A nadie le extrañó que me gustase pasar el tiempo entre cazuelas. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Mi miedo patológico al fuego era más fuerte que mi curiosidad y alejaba cualquier tentación por suplantar  a mi madre  en el reino de la cocina. Para que ello sucediese tuvo que aparecer en mi vida emancipada la maravilla de la ciencia: ¡la vitrocerámica!. Lo que me salvo de la mera supervivencia enlatada y del “vuelve a casa, vuelve” en busca de fiambreras semanales.

Bogart hace tiempo que murió. Vivo con la inquietante sospecha de que el tumor que le oprimió su canino cerebro se gestó de indigestión literaria. Fue cháchara imparable superior a sus posibilidades. Mis tardes de vida perruna acabaron. Ansío la jubilación, entre otras cosas, para retomarlas. Las lecturas caóticas se han ido ordenando.

Y mi supuesta afición por cocinar y por la cultura gastronómica más allá de la mera necesidad es la que rellena ahora, de verdad, parte de mis horas adultas para disgusto de mi médica (y de mi báscula) y regocijo pecuniario de “Ultramarinos López” (mi salvación ante los olvidos y la perdición de mi bolsillo) desde hace ya, mucho, mucho tiempo. Y todo por no hacer de una afirmación insustancial una mentira que me lleve directita al infierno.

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